Con el diálogo interrumpido desde hacía más de dos años, la relación entre el gobernador y el titular del PJ bonaerense permanecía atada al armado de listas, sin consensos sobre internas ni conducción futura.

La relación política entre Axel Kicillof y Máximo Kirchner continuaba sin una salida ordenada, con canales de diálogo rotos y una convivencia sostenida solo por la necesidad electoral. Las diferencias se acumulaban mientras no aparecía un esquema de consenso para definir internas, reglas de participación ni un recambio claro en la conducción partidaria.

En ese escenario, Máximo Kirchner convocaba al peronismo bonaerense en la sede del PJ Nacional de la calle Matheu, con la intención de explorar acuerdos que no terminaban de emerger. La discusión giraba en torno a qué tipo de internas se realizarían y quiénes podrían competir, en un contexto donde no se visualizaba un reemplazo natural para el actual liderazgo.

El trasfondo mostraba vínculos rotos con dirigentes que habían conducido el PJ antes del desembarco de Kirchner hijo. Fernando Gray, intendente de Esteban Echeverría, mantenía su impugnación al recorte de mandato, aún sin definición judicial, mientras Fernando Espinoza se distanciaba por presiones internas de La Cámpora. En paralelo, Facundo Tignanelli aparecía como aspirante a la sucesión, profundizando tensiones entre La Matanza y Lomas de Zamora, hoy más ásperas que las históricas disputas entre secciones electorales.

Las diferencias también alcanzaban a posibles figuras de consenso. Verónica Magario, con trayectoria y peso territorial en La Matanza, no lograba validación interna, lo que abría la incógnita sobre una eventual conducción sin volumen político. El recuerdo de internas fallidas y derrotas pasadas funcionaba como advertencia y reforzaba la resistencia a una competencia abierta, por el riesgo de judicialización y fractura.

En ese marco, Kicillof evitaba una primaria partidaria, consciente del antecedente de conflictos que habían debilitado al peronismo. Sin una estructura propia consolidada, el gobernador quedaba condicionado a respaldar la discusión por la reelección de intendentes y legisladores, una demanda que tensionaba al aparato territorial. Aun con chances de avanzar legislativamente, la Boleta Única en Papel limitaba el peso municipal en una eventual proyección nacional, reduciendo la estrategia a una campaña compartida sin control pleno del armado.